13 de outubro de 2011

LIBRO ESPIRITUAL

San Juan de Ávila
LIBRO ESPIRITUAL
 sobre el verso
Audi, Filia, et Vide, etc
Ps.  44,  11 y 12.

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      (116 págs)          (115 págs)       (116 págs)       (40 págs)


Que trata de los malos lenguajes del mundo, carne y demonio, y de los remedios contra ellos; de la fe  y  del  propio  conocimiento;   de  la penitencia,  de  la  oración,  meditación  y  pasión de  nuestro  Señor  Jesucristo,  y del  amor  de los  prójimos.  Compuesto por el Reverendo Padre  Maestro San Juan de  Ávila, predicador en el Andalucía.

BREVE SUMA
DE TODO  LO  QUE SE TRATA EN  ESTE LIBRO


Para que tengas una breve suma de lo que en este libro se trata has de saber que desde el

Cap. 2-4; se trata del mal lenguaje del mundo.
Cap. 5-16; del mal lenguaje de la carne.
Cap. 17-30; de los engaños del demonio.

  Y en cada parte de éstas se ponen algunos remedios contra estos malos lenguajes.

Cap. 30-42; de algunos motivos para probar que la fe católica es verdadera. 
Cap. 43-49; de la misma fe católica, infundida por la misericordia de Dios, y de cómo algunas veces la quita Dios en castigo de los pecados.
Cap. 50-55; de algunos engaños acerca de sentimientos espirituales y sus remedios.
Cap.  56-67; del propio conocimiento.
Cap. 68-84; de la oración y meditación, y de la penitencia, y de la pasión de N. S. Jesucristo.
Cap. 85-93;  de  cómo  Dios  nos  oye,  y nos mira con misericordia y  amor por merecimientos de N. S. Jesucristo.
Cap. 94-96; del amor de los prójimos.
Cap. 97-102; de cómo hemos de salir de nuestro pueblo y de nuestra voluntad y despreciar el linaje do la carne.
Cap. 103-113; de cómo la hermosura del ánima, que se pierde por el pecado, se recobra por los merecimientos de Jesucristo, N. S., y por la penitencia. A cuya misericordia plega de dar gracia para que lo leas para tu provecho y para su gloria.



CAPITULO  PRIMERO
En que se trata cuánto nos conviene oír a Dios; y del admirable lenguaje que nuestros Padres primeros tenían en el estado de la inocencia, a el cual perdido por el
pecado, sucedieron muchos muy malos.
CAPITULO 2
Que no debemos oír el lenguaje del mundo y honra vana; y cuan grande señorío tiene sobre los corazones de los que la siguen; y cuál será el castigo de los tales.
CAPITULO 3
De qué remedios nos habernos de aprovechar para desapreciar la honra vana del mundo, y de la grande fuerza que Cristo da para la poder vencer.
CAPITULO 4
En qué grado y por qué fin es lícito desear la humana honra; y del grandísimo peligro que hay en los oficios honrosos y de mando.
CAPITULO 5
De cuánto debemos huir los regalos de la carne; y cómo  es peligrosísimo enemigo; y de qué medios nos habernos de aprovechar para vencerlo.
CAPITULO 6
De dos causas de las tentaciones sensuales; y que medios habernos de usar contra ellas cuando nacen de la impugnación  del demonio.  
CAPITULO 7
De la grande paz que Dios nuestro Señor da  o  los que varonilmente pelean contra este enemigo; y de lo mucho que conviene para lo vencer huir familiaridad de mujeres.
CAPITULO 8
Por  qué medios suele engañar él demonio a los hombres espirituales con este enemigo de nuestra carne; y del modo que se debe tener para no dejarnos engañar.
CAPITULO 9
Que uno de los más principales remedios para vencer este enemigo es el  ejercicio de la devota y ferviente oración, donde se halla el gusto de las cosas divinas que hace aborrecer las mundanas.
CAPITULO 10
De muchos otros medios que debemos usar cuando este cruel enemigo nos acometiere con los primeros golpes.
CAPITULO 11
De algunas causas, allende de las dichas, por las cuales vienen algunos a perder la castidad, para que huyamos de ellas si no la  queremos perder; y con qué medios nos debemos animar a ello.
CAPITULO 12
Que suele Dios castigar a los soberbios con permitir que pierdan la joya de la castidad, para humillarlos; y de cuánto conviene ser humildes para vencer aqueste enemigo.
CAPITULO 13
De otras dos peligrosas causas por las cuales suelen perder la castidad los que no las procuran evitar.
CAPITULO 14
De cuánto se debe huir la vana confianza de alcanzar victoria contra este enemigo con sola industria y trabajo humano, y que debemos entender que es dádiva de Dios, a quien se debe pedir, poniendo por intercesores los Santos, y en particular a la Virgen nuestra Señora.
CAPITULO 15
Como al Señor reparte el don de la castidad, no igualmente a todos; porque a algunos lo da solamente en el ánima, y de lo mucho que las tentaciones contra la castidad aprovechan, si se saben llevar.
CAPITULO 16
De  cómo  el  don  de  castidad es concedido a algunas personas, no sólo en el interior del ánima, mas también en la sensualidad; y esto por una de dos maneras.
CAPITULO 17
En que se comienza a tratar de los lenguajes del demonio, y cuánto los debemos huir; y que uno de ellos es ensoberbecer a un hombre para le traer a grandes males y engaños; y de algunos medios para huir este lenguaje de la soberbia.
CAPITULO  18
De otro laso, contrario  al pasado, que es la desesperación con que el demonio pretende vencer al hombre; y cómo nos habremos contra él.
CAPITULO   19
Da lo mucho que nos dio el Eterno Padre en darnos a Jesucristo nuestro Señor; y cuánto lo deberíamos agradecer y aprovecharnos de esta merced, esforzándonos con ella para no admitir la desesperación con que el demonio suele combatirnos.
CAPITULO  20
De algunas cosas que suele traer el demonio contra el remedio ya dicho para desmayarnos; y cómo no por eso debemos perder el ánimo, antes animarnos más, mirando la infinita misericordia del Señor.
CAPITULO 21
En que se prosigue la grandeza de la misericordia de Dios, que usa con los que le piden perdón de corazón. Es una consideración bastante para vencer toda desesperación.
CAPITULO 22
Donde se prosigue el tratar de la misericordia que el Señor usa con nosotros, venciendo su Majestad nuestros enemigos por admirable manera.
CAPITULO 23
Del grande mal que hace en el ánima la desesperación; y cómo conviene vencer este enemigo con espiritual alegría, y diligencia y fervor en el servicio de Dios.
CAPITULO 24
De dos remedios para cobrar esperanza en el camino del Señor; y que conviene no acobardarnos, aunque el remedio de la tentación se dilate; y cómo hay corazones que no se saben humillar sino con golpes de tribulaciones, y por eso los conviene ser así curados.
CAPITULO 25
Cómo el demonio procura traer a desesperación poniendo tentaciones contra la fe y cosas de Dios; y de los remedios que habernos de usar contra estas tentaciones.
CAPITULO 26
Cómo pretende el demonio en las sobredichas tentaciones apartarnos de la devoción y buenos ejercicios; y que el remedio es crecer en ellos, dejando la demasiada codicia de los dulces sentimientos del ánima; y por qué fin se pueden éstos desear.
CAPITULO   27
Que el vencimiento de las tentaciones dichas está más en tener paciencia para las sufrir, y esperanza del favor del Señor, que en la fuerza de querer hacer que no vengan.
CAPITULO 28
Del grande remedio que es contra las tentaciones buscar un confesor sabio y experimentado, a quien se dé entera cuenta y crédito; y lo que el confesor debe hacer con los tales; y del fruto de estas tentaciones.
CAPITULO 29
Cómo el demonio procura con miedos exteriores quitarnos de los buenos ejercicios; y cómo conviene confortar el corazón con la confianza del Señor para lo vencer; y de otras cosas que ayudan para quitar este miedo, y del fruto de esta tentación.
CAPITULO 30
De muchas causas que hay para confiar que el Señor nos librará en toda tribulación, por grave que sea; y de dos significaciones que tiene esta palabra CREER.
CAPITULO   31
Que lo primero que debemos oír es la verdad  divina, mediante la fe, que  es principio de toda la vida espiritual, y nos enseña cosas tan altas que exceden toda humana razón.
CAPITULO 32
De cuan conforme es a razón creer las cosas de nuestra fe, aunque ellas exceden toda humana razón.
CAPITULO  33
De cuan firmes, constantísimos y abonados testigos ha tenido nuestra fe, los cuales han puesto su vida por la verdad de ella.

CAPITULO 34
Que la vida perfecta de los que han creído nuestra fe es grande testimonio de su  verdad; y de cuánto han excedido en bondad los cristianos a todas otras gentes.
CAPITULO 35
Que la propia conciencia del que quiere seguir la virtud le da testimonio de ser nuestra fe verdadera; y cómo  el  amor  de  la  mala  vida es impedimento para la recibir y grande parte para la perder.
CAPITULO 36
Que la admirable mudanza de los corazones de los pecadores, y los favores grandes que el Señor hace a los que, siguiéndolo con perfecta virtud, le llaman en sus necesidades, es grande testimonio de la verdad de nuestra fe.
CAPITULO 37
De los muchos y grandes bienes que Dios obra en el hombre que sigue la perfecta virtud, la cual es grande prueba de ser verdad nuestra fe, pues ella nos enseñó los medios para alcanzar aquellos bienes.
CAPITULO 38
Que si se pondera la virtud y grandeza de la obra del creer, hallaremos grande testimonio que testifique ser mucha razón que el entendimiento del hombre sirva a Dios con recibir su fe.
CAPITULO 39
En que se responde a la objeción que pueden poner contra nuestra fe, diciendo  que enseña Dios cosas muy altas.
CAPITULO  40
En que se responde a los que ponen por objeción para no recibir nuestra fe, que enseña de Dios cosas muy humildes o bajas; y cómo en estas cosas humildes que de Dios enseña está altísima gloria.
CAPITULO 41
Que no sólo resplandece la gloria del Señor en las cosas humildes que la fe nos enseña de Dios, mas también nuestro grande provecho, valor y virtud.
CAPITULO 42
En que se prueba ser la verdad de nuestra fe infalible, así por parte de los que la predicaron, como de aquellos que la recibieron, y del modo con que fue recibida.
CAPITULO 43
Que es tanta la grandeza de nuestra fe, que ninguno de los motivos dichos, ni otros que se pueden decir, bastan a que un hombre crea con esta divina fe, sin que el Señor de para creer su particular favor.
CAPITULO 44
Que se deben al Señor muchas gracias por el don de la fe; y que de tal manera habernos de usar de ella para lo que fue dada, que no le atribuyamos lo que no tiene; y cuál es lo uno y lo otro.
CAPITULO 45
Por qué el Señor ordenó salvarnos mediante la fe, y no por humana razón; y de la grande sujeción que debemos tener a las cosas que la fe nos enseña; y de la particular devoción que especialmente debemos a lo que el Señor Jesús enseñó por su boca.
CAPITULO 46
Que la Escritura santa no se ha de declarar por cualquier juicio  (seso, dijo el autor),  sino por el de la Iglesia romana; y donde ella no declara, se ha de seguir la conforme exposición de los Santos; y del grande crédito y sujeción que a esta Iglesia santa debemos tener.
CAPITULO 47
De cuan terrible castigo es permitir Dios que uno pierda la fe; y cómo justamente es quitada a los que no obran conforme a lo que ella enseña.
CAPITULO 48
En que se prosigue más en particular lo ya dicho; y se  declara lo que se requiere para entrar a leer y entender las divinas Letras y Doctores santos.
CAPITULO 49
Que no debemos ensoberbecernos viendo que otros pierden la fe que nosotros no habernos perdido, antes humillarnos con temor; y de las razones que para ello hay.
CAPITULO 50
De cómo suelen ser muchos engañados dando crédito a falsas revelaciones. Y declárase en particular en qué consiste la verdadera libertad de espíritu.
CAPITULO 51
De cómo nos habernos de haber para no errar en las tales ilusiones; y cuan peligroso sea el deseo de revelaciones o cosas semejantes.
CAPITULO 52
En que se ponen algunas señales de las buenas, y de las malas y falsas revelaciones o ilusiones.
CAPÍTULO 53
De la oculta soberbia con que suelen ser muchos gravemente engañados en el camino de la virtud. Y de cuan a peligro están los tales de ser enlazados en ilusiones del demonio.
CAPITULO 54
De algunas propiedades que tienen los que en el capítulo pasado dijimos ser engañados. Y de cuánto conviene recibir parecer ajeno; y de los males que trae el amor del propio juicio.
CAPITULO 55
Que debemos grandemente huir el propio parecer, y escoger persona a quien por Dios nos sujetemos para ser de ella regidos; y qué tal ha de ser ésta; y cómo nos habremos con ella.
CAPITULO 56
En que se comienza a declarar la segunda palabra del verso, y el cómo habernos de mirar las Escrituras; y que conviene tener recogimiento en la vista corporal para ver mejor con los ojos del ánima; los cuales, cuanto más limpios de las criaturas, miran mejor a Dios.
CAPITULO 57
Que lo primero que ha de mirar el hombre es  o  sí mismo; y de la necesidad que tenemos del «propio conocimiento», y de los males que nos vienen por falta de este conocimiento propio.
CAPITULO 58
Que debemos poner diligencia en el propio conocimiento; y en qué cosas lo podremos hallar; y que conviene tener un lugar apartado donde nos recoger un rato cada día.
CAPITULO 59
En que se prosigue el ejercicio para hallar el propio  conocimiento; y de cómo nos habernos de aprovechar en la lección y oración.
CAPITULO 60
De cuánto aprovecha para el propio conocimiento la meditación de la muerte, y  del modo del meditar en lo que toca al cuerpo.
CAPITULO 61
De lo que se ha de considerar en la meditación de la muerte acerca de lo que sucederá al alma, para aprovechar en el propio conocimiento.
CAPITULO 62
Que el cotidiano examen de nuestras faltas ayuda mucho para el propio conocimiento; y de otros grandes provechos que este ejercicio del examen trae; y del provecho que nos viene de las reprensiones que otros nos dan, o el Señor interiormente nos envía.
CAPITULO 63
De la estimación que habernos de tener de nuestras buenas obras, para no faltar en el propio conocimiento y verdadera humildad; y del  maravilloso ejemplo que Cristo nuestro Señor nos da para lo dicho.
CAPITULO 64
De un provechoso ejercicio del conocimiento del ser natural que tenemos, para con él alcanzar la humildad.
CAPITULO 65
Cómo ejercitarnos en el conocimiento del ser sobrenatural de gracia aprovecha para alcanzar la humildad.
CAPITULO 66
En que se prosigue más en  particular el sobredicho ejercicio, de que se ha tratado en el capítulo pasado.
CAPITULO 67
En que se prosigue el sobredicho ejercicio; y de la grande luz que el Señor, mediante él, suele obrar en las almas, con la cual conocen la grandeza de Dios y la nada de su pequeñez.
CAPITULO 68
En que se comienza a tratar de la consideración de Cristo nuestro Señor, y de los misterios de su vida y muerte; y de la mucha razón que hay para nos ejercitar en esta consideración; y de los grandes frutos que de ella nos vienen.

CAPITULO 69
En que se prosigue lo dicho en el capítulo pasado, declarando de la Pasión de Cristo un lugar de los Cantares.
CAPITULO 70
Que es muy importante el ejercicio de la oración, y de los grandes provechos que de ella se sacan.
CAPITULO 71
Que la penitencia de los pecados es el primer paso para nos llegar a Dios, teniendo de ellos verdadero dolor y haciendo de ellos verdadera confesión y satisfacción.
CAPITULO 72
Que el segundo paso para nos llegar a Dios, es el hacimiento de gracias que le debemos dar por nos haber así librado; y del modo que en esto se tendrá, mediante diversos pasos de la Pasión en diversos días.
CAPITULO 73
Del modo que se ha de tener en la consideración en la vida y Pasión de nuestro Señor Jesucristo.
CAPITULO 74
En que se prosigue más en particular el modo de considerar la vida de nuestro Señor Jesucristo, para que sea con más provecho.
CAPITULO 75
En que se dan algunos avisos necesarios para más aprovechar con el sobredicho  ejercicio, y evitar algunos daños que en los ignorantes pueden suceder .
CAPITULO 76
Que el fin de la meditación de la Pasión ha de ser la imitación de ella; y cuál es lo primero y principio de cosas mayores que habemos de imitar.
CAPITULO 77
Que la mortificación de las pasiones es lo segundo que se ha de sacar de la meditación de la Pasión de Cristo; y cómo se ha de usar este ejercicio para sacar este admirable fruto.
CAPITULO 78
Que lo más excelente que habernos de meditar e imitar en la Pasión del Señor, es el amor con que por nosotros se ofreció al Eterno Padre.
CAPITULO 79
Del abrasado amor con que Jesucristo amaba a Dios y a los hombres por Dios; del cual amor, como de fuente, nació lo mucho que exteriormente padeció; y que fue mucho más lo que padeció en lo interior.
CAPITULO 80
En que se prosigue la ternura del amor de Cristo para con los hombres, y lo que le causaba el interior dolor y cruz de su Corazón, que tuvo toda la vida.
CAPITULO 81
De otras provechosas consideraciones que se pueden sacar de la Pasión del Señor; y de otras meditaciones que de otras cosas se pueden tener; y de algunos avisos para, los que no fácilmente pueden seguir lo ya dicho.
CAPITULO 82
De cuan atentamente nos  OYE  y piadosamente nos MIRA  el señor, si le sabemos manifestar nuestras llagas con el dolor que se debe; y cuan pronto es a las sanar, y hacer otras muchas mercedes.
CAPITULO 83
De dos amenazas de que suele Dios usar, una absoluta y otra condicional; y de dos géneros de promesas, semejantes a las amenazas; y cómo nos habremos cuando sucedieren.
CAPITULO 84
De lo que es el hombre de su cosecha, y de los grandes bienes, que tenemos por Jesucristo nuestro Señor.
CAPITULO 85
De cuan fuertemente clamó Cristo y clama siempre delante del Padre en nuestro favor; y con cuánta presteza OYE SU Majestad los ruegos de los hombres, mediante este clamor de su Hijo, y les hace mercedes.
CAPITULO 86
Del grande amor con que el Señor mira a los justos; y de lo mucho que desea comunicar a las criaturas, y destruir en nosotros los pecados; los cuales debemos nosotros mirar con aborrecimiento para que Dios los mire con misericordia.
CAPITULO 87
De los muchos y muy grandes bienes que vienen a los hombres por mirar el Eterno Padre a la faz de Jesucristo su Hijo.
CAPITULO 88
Cómo se ha de entender que Cristo es nuestra justicia, para que no vengamos a caer en algún error, pensando que no tienen los justos justicia distinta de aquella por la cual Jesucristo es justo.
CAPITULO 89
Que en los justos no queda el pecado, sino que en ellos es destruida la culpa, y quedan ellos limpios, y como tales, agradables a Dios.
CAPITULO 90
Que el conceder en los justos perfecta limpieza de pecados por los merecimientos de Jesucristo, no sólo no disminuye su honra, antes la manifiesta mucho más.
CAPITULO 91
Cómo se han de entender algunos lugares de la Escritura en que se dice que Jesucristo es nuestra justicia, o cosas semejantes, para mayor declaración de los capítulos precedentes.
CAPITULO 92
Que debemos grandemente huir la soberbia que se suele levantar de las buenas obras, viendo lo mucho que por ellas se merece; y de una doctrina de Cristo de que nos debemos aprovechar contra esta tentación.
CAPITULO 93
Que allanado el hombre y humillado con lo ya dicho en el capítulo pasado, puede gozar de la grandeza que el Señor se dignó dar a las obras de los justos, con  seguridad y hacimiento de gracias.
CAPITULO 94
Que del amor que tenemos a nosotros mismos habemos de sacar el amor que debemos tener a los prójimos.
CAPITULO 95
Que del conocimiento del amor que Cristo nos tuvo habemos de sacar el amor que debemos tener a los prójimos.
CAPITULO 96
De otra consideración que nos enseña mucho el cómo nos habernos de haber con los prójimos.
CAPITULO 97
Comiénzase a tratar de la palabra del verso que dice: «Olvida tu pueblo.» Y de dos bandos que hay de hombres, buenos y malos, y de los nombres que los malos
tienen, y de sus varios intentos.
CAPITULO 98
Que nos conviene mucho huir de la mala ciudad de los malos, que es el mundo, y de cuan mal trata a sus ciudadanos; y del espantoso fin que todos ellos tendrán.
CAPITULO 99
De la vanidad de la nobleza del linaje; y que no se deben gloriar de él los que  quieren ser del linaje de Cristo.
CAPITULO 100
En que comienza a declarar la otra palabra,  «Y OLVIDA LA CASA DE TU PADRE». Y de cuánto nos conviene huir la propia voluntad por imitar a Cristo, y por evitar los males que de la seguir vienen.

CAPITULO 101
De un ejercicio para negar  la propia voluntad; y de la obediencia que se debe tener a los mayores; la cual es camino para alcanzar la abnegación de la propia voluntad; y cómo se habrá el superior con los súbditos.
CAPITULO 102
Que no todo lo que deseamos o pedimos se ha de llamar propia voluntad. Y cómo conoceremos lo que el Señor quiere de nosotros.
CAPITULO 103
En que se comienza a declarar la palabra que dice: «Y CODICIARA EL  REY TU HERMOSURA.» Y  de cuan grande cosa es poner Dios su amor en el hombre. Y  que no es esta hermosura la corporal; y de cuánto ésta sea peligrosa.
CAPITULO 104
Que la dignidad de ser esposa de Jesucristo pide grande cuidado en todas las cosas; y del ejemplo que deben mirar en lo exterior y lo interior del ánima las que
de ella quieren gozar.
CAPITULO 105
Que no debe desmayar a las doncellas la grandeza del estado, porque el Esposo, que es el Señor, da lo necesario; y del consejo con  que se debe tomar; y del alegría con que se debe guardar; y de los grandes bienes que en él hay.
CAPITULO 106
De cuatro condiciones que se requieren para ser una cosa hermosa; y cómo al alma que está en pecado le faltan todas cuatro.
CAPITULO 107
Cómo la fealdad del pecado es tan mala, que ningunas fuerzas naturales, ni Ley natural o de Escritura, bastaban a la quitar, sino Jesucristo, en cuya virtud se quitaba en todo tiempo, y daba la gracia.
CAPITULO 108
Que Cristo nuestro Señor  con su Sangre quita la fealdad del ánima y la  hermosea; y que fue más conveniente que el Hijo se  hiciese Hombre, que no el Padre, ni el Espíritu Santo;  y de la grande fuerza de la Sangre de Cristo.
CAPITULO 109
Que la sacra humanidad de Cristo fue figurada en la ropa del Sumo Sacerdote, y  en el velo que Dios mandó hacer a Moisés; y qué era lo que David pedía cuando pidió ser rociado con hisopo para quedar limpio.
CAPITULO 110
De cómo Cristo disimuló todas las cuatro condiciones de la hermosura por nos hacer hermosos; para lo cual se declara un lugar de Isaías.
CAPITULO 111
De las muchas y grandes maravillas que sacó el Señor de los mayores males que los hombres han hecho en matar a Cristo; y de la diversa operación que esta palabra: «Mirad a este hombre», ha obrado en el mundo, dicha de Pilato y predicada de los Apóstoles.
CAPITULO 112
De cuánta razón es que nosotros miremos a este hombre, Cristo, con los ojos que lo miraron muchos de aquellos a quien lo predicaron los Apóstoles, para quedar hermosos; la cual  hermosura se nos da por su gracia y no por nuestros merecimientos.
CAPITULO 113
En que se prosigue el modo como habernos de mirar a Cristo, y cómo era Él todo cuanto hay es hermoso; y que lo que en el Señor parece feo a los ojos de la carne, como son tormentos y trabajos, es grande hermosura.

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